sábado, 23 de febrero de 2013

Zulema, dulce como su tata Nahina

Tercer capítulo


El cariño casi cándido de adolescente enamorado, la sensibilidad llena de ternura y el respeto tan exquisito que Taufik le había demostrado habían conseguido devolver la dignidad y la alegría de vivir a Zulema. Ya no caminaba cabizbaja, como encogida, mústia, triste, con el alma en pena, escondiendo su hermoso rostro y sus dulces ojos llenos de embrujo con un velo blanco, siempre sujeto con una mano a la altura de la boca para asegurarse de cubrir lo más bonito de su ser.


Ahora era una joven orgullosa de si misma y de sus orígenes que caminaba mirando al frente, erguida, digna, sin miedo, sin avergonzarse de lo que era, una mora de piel oscura como su abuela africana, casi tan morena como su tata Nahina, la vieja esclava sudanesa alta y esbelta de la etnia dinka, tan querida y respetada por Musarraf y Habiba que más que una esclava era como una abuela, un miembro más de la família.

 Mujer de etnia dinka, como la tata Nahina de Zulema. En esta tribu las mujeres tienen la costumbre de adornar su frente con escarificaciones simétricas. Son una de las razas humanas más altas y esbeltas del planeta.

Nahina era la dulzura hecha mujer. Zulema la adoraba. Llevaba su entrañable recuerdo tan metido en el alma que a veces se sentía culpable por quererla y recordarla más que a su verdadera madre, por echarla de menos a todas horas, tanto como a su añorado padre. Su ausencia le impedía ser feliz. Encerrada casi todo el dia en la casita blanca que le había comprado Taufik, se sentía espantosamente sola y desamparada y un doloroso vacío le oprimía el pecho y no la dejaba respirar.

Habiba, la muchacha de noble linaje que Musarraf había ido a buscar a la cercana Ibn Muhammad (Benamahoma) para hacerla su esposa, la había concebido, parido y amamantado, pero quien realmente la había criado era Nahina, su dulce tata, que vivía sólo para ella, dedicada a su niña en cuerpo y alma para que tuviera la más feliz de las infancias. Siempre la llevaba en brazos a todas partes. La bañaba en agua de rosas cantándole bellísimas canciones del Nilo en su lengua dinka y le frotaba el cuerpo con manteca de vaca perfumada con sus manos negras de largos dedos, suaves y amorosas, que enloquecían de placer y felicidad a su niña Zulema. A Musarraf y Habiba se les humedecían los ojos de alegría viendo a su adorada hijita reir a carcajadas por las cosquillas que le hacía su tata.

Nahina había aprendido esta costumbre de las mujeres de su tribu, cuyos niños rebosaban de salud con sus cuerpecitos rollizos y brillantes por la grasa aromatizada con esencias de azahar, tomillo, romero y espliego, que compraban a mercaderes nómadas venidos de la norteña y lejana costa mediterránea. Sabían de una manera instintiva que la grasa y las esencias protegían a sus bebés de las infecciones y las picaduras de moscas y mosquitos. Zulema se lo había prometido a si misma cientos de veces: "Si un día tengo un hijo lo criaré como mi tata Nahina lo hizo conmigo".

Rosa silvestre muy aromática, antiguamente llamada rosa alejandrina o de Alejandría, con la que se obtiene una excelente agua de rosas.

Flores multicolores de romero. Con ellas se destila un aromático aceite esencial utilizado en perfumería y en medicina natural.

Inflorescencia de espliego, lavanda o alhucema, la Al-Husayma de los musulmanes andaluces, cuyo aceite esencial es uno de los perfumes más ampliamente utilizado desde la antiguedad.

 Tomillo silvestre en flor a mediados de mayo. Con sus flores y sus brotes tiernos se obtiene una medicinal y perfumada esencia de tomillo.

Flor de azahar en mayo. Con las flores de naranjo, limonero y cidro se obtiene por maceración la llamada agua de azahar y por destilación la perfumada esencia de azahar

Tras siete meses de duro trabajo la estructura del palacio que Taufik construía para Zulema estaba por fin acabada. Faltaba cubrir las paredes exteriores e interiores de mosaicos de azulejos multicolores y adornar las vigas de la techumbre de las habitaciones con un artesonado de arabescos de madera, pero ni Taufik ni sus amigos libertos sabían cómo hacerlo. Habían sido esclavizados en su infancia y obligados a trabajar en lo que les mandasen, sin enseñarles ningún oficio. Lo poco que recordaban de los antiguos palacios musulmanes se difuminaba en sus mentes mezclado con dolorosos y terroríficos recuerdos. 


 Taufik no se resignaba a entregar a Zulema el palacio sin terminar, como una casa cualquiera del pueblo con unas simples paredes y un techo. Preguntaba a los moros conversos más viejos que conocía por los alrededores de Grazalema, pero ninguno sabía adornar palacios. Una mañana, triste y avergonzado por no poder cumplir la promesa que le hizo a Zulema, decidió visitar el cercano pueblo de Ubrique, que sus habitantes moriscos, conversos como el mismo Taufik, seguían llamando Ourique por la gran abundancia de manantiales de agua dulcísima que allí nacían al estar la población asentada en una hondonada rodeada de montañas. 

No conocía a nadie en aquel pueblo blanco tan parecido a Grazalema. Estaba muy cansado con el cuerpo entumecido tras un largo viaje de tres días montado a lomos de una yegua. Vio allí cerca una fuente que parecía un abrevadero de animales, bebió un poco cogiendo el agua en el hueco de su mano y se sentó sobre un banco de piedra, mientras la yegua bebía a grandes sorbos aquella refrescante agua que bajaba de las montañas de rocas grises que como una muralla rodeaban el pueblo. Los ubriqueños moriscos no tardaron en rodearle llenos de curiosidad, pues eran muy contadas las visitas de forasteros. Los cristianos sin embargo, a pesar de sentir tanta curiosidad como los moros conversos, no se le acercaron pues notaron enseguida que era moro por su tez morena y sus ojos negros como el azabache. Taufik observaba divertido a los ubriqueños, pero se hacía el despistado. Los moriscos deseaban dirigirse a él hablando en su lengua musulmana para saber si era moro como ellos. Los cristianos querían saber lo mismo y observaban la escena a una cierta distancia sin perder detalle. Taufik estuvo a punto de romper a reir a carcajadas. Le hacían mucha gracia los ubriqueños que cuchicheaban entre ellos mirándole de soslayo, cada grupo en su respectiva lengua materna. Él también deseaba hablarles, preguntarles por algún artesano, pero esperó a que fueran ellos quienes le saludasen. 

- Assalamu alaikum (La paz sea contigo), se atrevió a decirle muy bajito el más viejo de los moriscos.

- Wa alaikum assalam (También contigo sea la paz), le contestó él también bajito con una amplia sonrisa.

- ¿Qué buscas por aquí, muchacho?, le preguntó el moro hablando en castellano, esta vez en voz alta, pues temía las represalias de los cristianos por hablar en la lengua de los sarracenos. 

- Me voy a casar y estoy construyendo un pequeño palacio en Grazalema. Necesito varios artesanos que sepan adornar las paredes con mosaicos de colores y cubrir las techumbres con arabescos de madera, pero en mi pueblo no hay nadie que sepa hacerlo. ¿Hay algún artesano moro en Ourique?,  le preguntó muy serio Taufik. 

- Pues sí, precisamente hay dos maestros artesanos venidos de la lejana ciudad costera de Al-Yazira al-Jadra (Algeciras) que están acabando el palacio de un rico cristiano casado con una morisca. Si hablas con ellos antes de que retornen a su ciudad y les enseñas unas cuantas monedas de oro para que sepan que puedes pagarles, a lo mejor conseguirás que vengan contigo a Grazalema. Los encontrarás yendo hacia poniente cerca de dos grandes pinos que crecen sobre una loma. Pregunta por el palacio de Don Gonzalo, le contestó el morisco.

- Shukran yazilan. Jazak Allah Khair. (Muchas gracias. Que Alá te recompense con lo mejor), le respondió agradecido Taufik en su lengua materna, desafiando con temeridad a los cristianos que habían escuchado toda la conversación.

Tronco de alcornoque tras la saca del corcho.

Antes de emprender el camino hacia poniente como le había indicado el viejo morisco, Taufik descansó un rato a la fresca sombra de un alcornoque, comió un trozo de queso de cabra con almendras y piñones tostados, volvió a beber un trago de agua de aquella fuente, se montó a los lomos de la yegua y se dirigió hacia los dos imponentes pinos piñoneros que se divisaban a lo lejos coronando una pequeña loma.

 Piñones de pino piñonero cubiertos de polvillo marrón que irrita la boca de los roedores y evita así que se los coman.

Almendras de la variedad mollar que se cascan con los dedos.

En una hondonada rodeada de un espeso bosque de encinas que le impedían ver la loma preguntó por el palacio de Don Gonzalo a un muchacho que parecía cristiano.

- Buenos días, me podrías decir.....

El joven no le dejó terminar la pregunta. Había corrido la voz entre los ubriqueños que un moro de Grazalema buscaba artesanos y en pocos minutos todos los habitantes, tanto cristianos viejos como moros conversos, estuvieron al tanto de la noticia.

- Vas bien, sigue por este camino, el palacio queda cerca, -le dijo con un fuerte acento morisco.

Taufik sonrió divertido y sorprendido pues la piel blanca de aquel mozo le había hecho creer que era cristiano y le contestó: 

- Jazak Allah Khair.  (Que Alá te recompense con lo mejor)

El muchacho también sonrió al escuchar aquellas palabras de agradecimiento en su prohibida lengua sarracena y le contestó moviendo la cabeza mientras se dibujaba en su rostro una mueca triste:

- Fi-Aman Allah.  (Que  Alá nos proteja) 


- Subhana Allah.  (Y que sea glorificado),  le contestó Taufik con resignación.

Se acercaba un numeroso grupo de cristianos armados con palos que seguían a Taufik a cierta distancia y al verlos el muchacho intentó disimular y le habló en castellano casi a gritos para que le oyeran.

- Si buscas el palacio de Don Gonzalo vas por el buen camino.

- Muchas gracias, que Dios nuestro Señor te lo pague, le contestó Taufik, hablando alto e intentando disimular su fuerte acento sarraceno, pues temía  ser asaltado y asesinado por aquella horda de cristianos.


 Inmenso bosque de encinas y alcornoques en la província de Cádiz.

Alá le protegía. No era aquel terrible final el que le tenía preparado su destino. Los hombres pasaron de largo sin perderle de vista, mirándole a los ojos con odio y desprecio. Taufik sintió un estremecimiento de pánico que le recorrió toda la espalda pero permaneció inmovil montado sobre la yegua para que los cristianos creyeran que nos les temía.

Cuando por fin divisó el palacio, suspiró aliviado y se secó el sudor de la frente. Había pasado tanto miedo que necesitaba serenarse antes de hablar con los artesanos de Don Gonzalo. Se apeó de la yegua, se sentó sobre la hierba que crecía a la vera del camino, cerró los ojos y respiró profundamente. Un mirlo macho, ajeno al trance de Taufik, cantaba feliz sobre un higuera cercana enardecido por la testosterona primaveral, mientras su hembra incubaba cuatro huevos en un tosco nido construido sobre las enmarañadas ramas de un acebuche. Los terroríficos recuerdos de su infancia se agolparon en su mente y lloró amargamente, en silencio, como había aprendido a hacerlo. Volvió a ver a los cristianos del norte con sus estandartes, sus armaduras, sus cruces, sus escudos y sus espadas entrar en Grazalema ávidos de sangre y en lo más profundo de su cerebro retumbaron los gritos desgarradores de su madre que entre alaridos de dolor y pánico mientras le amputaban los brazos, le abrían el vientre y la decapitaban le gritaba que corriera a esconderse en la espesura del bosque de abetos. Se llamaba Zahira. En aquel preciso momento, al recordarla, se prometió a si mismo que si un dia tenía una hija le daría el nombre de su madre. 



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sábado, 9 de febrero de 2013

Zulema, de niña esclava a princesa

 Segundo capítulo 

La muchacha más bonita del pueblo blanco de Grazalema, a pesar de haber sido bautizada como Beatriz, para todos los grazalemeños seguía siendo Zulema la mora o simplemente la mora. A ella le llenaba de orgullo que la llamasen por su verdadero nombre, aunque fuera con desprecio. Ante los cadáveres ensangrentados, mutilados y decapitados de sus padres y de su fiel esclava negra Nahina juró con todas sus fuerzas de niña que jamás perdonaría ni olvidaría a los crueles asesinos cristianos. 


La habían arrancado de los brazos de su padre que, ya muerto y decapitado, la seguía sujetando con una fuerza inusitada, en un desesperado intento de proteger lo que más quería, su adorada niña Zulema. Ella se aferraba aterrorizada a las ropas ensangrentadas de su padre profiriendo unos chillidos desgarradores. Creía que también la iban a matar o con suerte sólo la violarían, pero su destino no era ni una cosa ni la otra. Cuando por fin consiguieron despegarla del cadáver de Musarraf, su pequeño cuerpo estaba tan empapado de la sangre de su padre que a los soldados cristianos se les quitaron las ganas de violarla y se la entregaron al fraile que les acompañaba en la reconquista. Con su propia sangre, no con sus brazos de padre,  Musarraf  había conseguido protegerla de una muerte segura. 

No le fue fácil al fraile retenerla. Zulema le mordió en una mano, le dió patadas, le arañó la calva, le escupió en los ojos, le mesó la barba, le desgarró el hábito, le arrancó la cruz, le maldijo en su lengua materna, pero por suerte aquella niña tan menuda, tan poca cosa, tan llena de fiereza, le cayó en gracia al religioso y tras conseguir atarla de pies y manos se la llevó arrastrándola por el suelo con una cuerda y se la entregó como botín de guerra a su prima, la que sería desde aquel momento su nueva ama cristiana, que acompañaba a su marido en la campaña militar contra los sarracenos del sur.

Zulema llevaba el recuerdo de aquellas espantosas vivencias  tan incrustado en el alma que tras once largos años seguía sin poder esbozar una simple sonrisa. Andaba siempre cabizbaja, sola, triste, melancólica, con sus ojos moros de azabache mirando al suelo, siempre al suelo, sin atreverse nunca a levantar la vista, como si hacerlo significase traicionar el doloroso recuerdo de su padre.

 Bellísima plaza blanca de Grazalema. 
(Recomiendo ampliar la foto con un doble clic).

En Grazalema había un muchacho moro de la misma edad que Zulema que estaba secretamente enamorado de ella desde hacía mucho tiempo. Se llamaba Taufik, Fernando para los cristianos. A pesar de vivir ambos en el mismo pueblo desde que nacieron diecinueve años atrás, ella no le conocía, pues nunca miraba a los hombres.

Tras liberarse de su propia esclavitud con las monedas de oro que le ayudó a encontrar el espíritu de Musarraf, Taufik acudió unos días después a la casa donde vivía Zulema. Le abrió la puerta el ama que acababa de enviudar tras una corta enfermedad de su marido y al ver que era un moro le habló con desprecio, pero Taufik no se inmutó. Sin levantar la voz le dijo que era un hombre libre y que estaba allí para comprar a Zulema. "Mi esclava no está en venta y menos para un sucio moro como tú", le contestó enfurecida ante tanto atrevimiento. Taufik no perdió la compostura, extendió la mano derecha ante la vieja cristiana y mostrándole dos grandes y relucientes monedas de oro le preguntó: "¿Serán suficientes estas monedas?. Aquella mujer abrió los ojos como platos, entre sorprendida y codiciosa, se le dulcificó la voz y le contestó: "Tendrán que ser tres monedas, mi esclava es virgen, muy trabajadora y limpia y me hace mucha falta". Taufik esperaba una respuesta como ésta. No se atrevió a regatear el precio por miedo a perder a Zulema. Con semblante serio sacó otra moneda y extendió de nuevo la mano abierta hacia la cristiana. A ella se le había puesto la cara muy roja y los ojos le chispeaban de codicia. Refunfuñando cogió las tres monedas, se las guardó entre sus ropas, se giró hacia el interior de la casa y gritó: "Beatriz, te acabo de vender. Sal y vete con tu nuevo amo". Al pronunciar la palabra "amo" lo hizo con un evidente tono despectivo, pero Taufik siguió sin inmutarse. Sus once años de esclavo le habían enseñado a callar. De la oscuridad de la estancia apareció temblorosa la muchacha que miró de soslayo a su nuevo amo y suspiró aliviada al comprobar que no era otro cristiano, sino un mozo fuerte y hermoso, tan moro como ella.

"Sígueme", le dijo Taufik y ambos se dirigieron hacia una casita blanca que él acababa de comprar para ella. Mientras le seguía a los preceptivos siete pasos de distancia, Zulema se fue preparando para lo que creía que Taufik haría con ella, es decir, violarla, pues ésto solían hacer los nuevos amos a las esclavas hermosas que compraban. "¡Padre mío, Madre mía, tata Nahina, ayudadme!", musitaba ella aterrorizada. El muchacho abrió la puerta de la casa, dió media vuelta y durante unos pocos segundos miró en silencio a aquel menudo ser que tanto amaba. Ella seguía a siete pasos de distancia, temblorosa y cabizbaja. Taufik hizo un gran esfuerzo para no llorar de felicidad, se tragó la saliva y le dijo: "Desde ahora eres libre. Ésta es tu casa. Me llamo Taufik, Fernando para los cristianos. Toma estas monedas de plata y cuando las acabes, dímelo y te daré más". Aquellas palabras sorprendieron a Zulema y le llegaron al corazón. "Es un hombre bueno, no me va a violar", pensó aliviada, mientras le brotaban grandes lágrimas de agradecimiento que Taufik no vio pues ella se cubría el rostro con el velo blanco."¿No las coges?", le preguntó Taufik con la mano extendida hacia ella, pero Zulema siguió inmóvil y en silencio. Entonces el muchacho se dio cuenta de los estertores de llanto de su amada, que ella intentaba disimular y no quiso violentarla más. Entró en la casa, dejó las monedas sobre una mesa y se dispuso a marcharse, pero al pasar al lado de Zulema le dijo con toda la dulzura de la que fue capaz: "No temas, yo jamás te haría una cosa así".

Brote nuevo de abeto de Ronda, Abies pinsapo, el árbol majestuoso de Zulema.

Unos pocos días después, cuando Zulema acudió a su querido bosque de abetos para saber qué hacían aquellos hombres allí, Taufik le pidió su mano con la hojita de hierba de terciopelo, como le había sugerido el espíritu de Musarraf hablándole en sueños. Ella comprendió que aquella era la voluntad de su padre y entonces, sólo entonces y por primera vez en once años, se atrevió a levantar la mirada del suelo para leer con sus grandes ojos de azabache los sentimientos de aquel muchacho que con tanta vehemencia le hablaba de su padre. Los emocionados, limpios y francos ojos negros de Taufik le hablaron a Zulema sin palabras desde lo más profundo de su alma y ella supo así que era noble y bueno y le aceptó como su futuro esposo.

Desde aquel día Zulema llevaba siempre consigo la reseca hojita de terciopelo de Taufik en una pequeña talega de tela blanca, ta‘líqa decía ella en su lengua materna, colgada de su cuello. Para ella aquella insignificante hoja era el mejor regalo de prometida que le había podido hacer aquel misterioso muchacho. Cada mañana se acercaba hasta el bosque donde Taufik y sus amigos moros construían un palacio para ella, junto al viejo abeto que albergada en su tronco el alma de Musarraf. Sólo ante ellos se atrevía a levantar la vista sin avergonzarse. No les hablaba, sólo les sonreía con dulzura, especialmente a Taufik y su bellísimo rostro de princesa mora irradiaba una extraña luz que les hacía estremecer, como si ante ellos estuviera la más hermosa de las reinas, su reina, la gran reina Zulema. 

Aturdidos ante tanta belleza, tanta dulzura, tanta dignidad, aquellos nobles muchachos, incluido Taufik, se postraban con veneración ante ella y pegaban su frente contra la hojarasca, mientras al unísono la saludaban como sólo se saluda a una reina: "Buenos días, Mi Señora. Aquí están vuestros siervos para serviros". Ella en su sencillez no conseguía acostumbrarse a aquel trato tan distinguido y con humildad agachaba ruborizada la cabeza e intentaba esconder bajo el velo blanco que cubría sus ondulados cabellos la amplia sonrisa que se dibujaba en su rostro y las dos lágrimas de felicidad, si, de felicidad por fin, que brotaban de sus negros ojos de azabache. Sin saber qué hacer y sin atreverse a hablarles, acababa dando una palmadita con sus manos, que ellos interpretaban como una orden de levantarse y seguir trabajando para ella, para su reina mora.

Zulema ignoraba que había sido su enamorado Taufik quien había pedido a sus amigos que la tratasen y la respetasen como a una reina. Cada madrugada nada más clarear al alba Taufik subía al monte a buscar un ramo de flores silvestres para su amada. Aquella fresca mañana de mayo en un claro de un bosque encontró unas matas de una hierba con grandes y extrañas flores rojas que se le antojaron muy bonitas, dignas de Zulema y se llevó un gran ramo a la choza donde vivía desde que había dejado de ser un esclavo. Allí llenó de agua un hermoso jarrón azul, metió dentro las flores y emprendió el camino hacia el bosque de abetos donde sus amigos libertos se afanaban levantando las paredes del palacio. Tras saludarles con afecto colocó el jarrón de flores a los pies del viejo abeto y se alejó unos metros para comprobar que se veía bonito. Luego esperó con ansia a Zulema sentado sobre unas rocas. Cuando al rato la vio acercarse toda vestida de blanco con su ligero paso de gacela no pudo evitar emocionarse y, como le había ocurrido la primera vez que ella acudió al bosque, de sus negros ojos moros brotaron dos grandes lágrimas. La quería más que a su vida. 

Scrophularia sambucifolia, llamada hierba vaquera o escrofularia de hojas de saúco, que sorprende por el gran tamaño de sus flores, fotografiada en un claro de un bosque de Grazalema.

"Eh, que está llegando", les dijo a los albañiles y todos dejaron rápidamente lo que estaban haciendo y se prepararon para recibirla. Cuando la cabecita de Zulema apareció tras unas rocas, ellos esperaron a que les regalase la dulce sonrisa de cada dia, tras lo cual la saludaron con todo el respeto y cariño, se postraron a sus pies de reina y así permanecieron hasta que ella divertida y agradecida dio una palmadita para decirles sin palabras que continuasen con su trabajo. Luego se dirigió hacia su viejo abeto, contempló unos segundos el jarrón de flores rojas de Taufik, las acarició con delicadeza, lanzó una mirada llena de ternura a su enamorado y se sentó a los pies del centenario árbol apoyándose contra su tronco. Cerró los ojos y se dispuso a sentir de nuevo en sueños el dulce abrazo de su amado padre, su olor de hombre, su aliento de hierbabuena, el calor de su cuerpo, la fuerza de sus brazos que apretaban sin hacer daño, las palabras bonitas que Musarraf le susurraba al oído y de nuevo soñó que era una niña inocente y feliz, paseando en brazos de su padre por los inmensos bosques de abetos que rodean el hermoso pueblo blanco que lleva su nombre.

Y así cada día se repetía el mismo ritual mientras las paredes del palacio se iban elevando sobre unos sólidos cimientos de roca caliza.

Inflorescencias masculinas del abeto de Ronda, endémico de Andalucía.

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sábado, 2 de febrero de 2013

Su religión es la Vida, el Sol es su dios y su templo el Cielo

Sacerdotes gigantescos de madera y resina adoradores de la luz del astro rey

Levantan sus brazos verdes hacia el dios Sol, cuando al alba se asoma en el horizonte, rezándole litúrgicas oraciones cual murmullos bajo la esplendorosa bóveda azul de su templo, adornada con nubes blancas y cantarinas aves multicolores. Una brisa suave como una caricia serpentea entre las ramas. Una a una recoje las palabras sagradas surgidas del alma de los sacerdotes de madera y las eleva hacia arriba, muy arriba, hacia donde ella sabe que vive el luminoso dios de los árboles de la Tierra.

 Gigantesca Sequoia de California, Sequoiadendron giganteum, embelleciendo los jardines de los Campos Elíseos de París. Recomiendo ampliar las fotos con un doble click.


Altísimo Pino de Dammar de Malasia y Filipinas, Agathis dammara, fotografiado en el Jardín botánico de la Orotava de Tenerife. No quiero engañaros. Tengo que confesar que la foto tiene truco. Esta imponente conífera tropical es tan alta que no la pude fotografiar al completo. Los árboles que había a su alrededor me lo impidieron. Así que cogí la foto de la copa y la abrí con el programa Paint, luego le añadí la foto del tronco y con unos cuantos retoques logré que pareciera una sola foto. Donde más se nota es en el azul del cielo, más oscuro en la parte del tronco, pero me pareció interesante ver el árbol entero y ahí teneis el resultado.

 Majestuosos pinos canarios, Pinus canariensis, en el Parque Nacional de la Caldera de Taburiente en la Isla de La Palma.

Copas de los pinos canarios anteriores vistas a contraluz.
 
 Cunninghamia lanceolata var. konishii, originaria de la Isla de Taiwán, fotografiada en el Jardín botánico de la Orotava de Tenerife.

Pinus halepensis, el pino mediterráneo por antonomasia, creciendo en un acantilado de la Serra de Tramuntana de Mallorca, con una buena nevada caida en marzo de 2005.

Pinus halepensis sobre unas rocas costeras cerca del pequeño islote llamado S´Illeta, situado en la Serra de Tramuntana.

 Bellísimo píno de Cecilia, Pinus halepensis var. ceciliae, con sus típicas ramas verticales dirigidas hacia el cielo, cultivado en el magnífico Jardín botánico de Sóller en la Isla de Mallorca.

Taiwania cryptomerioides de la Isla de Taiwán, fotografiada en el Real Jardín Botánico de Madrid. Sus ramas tienen una disposición muy parecida a las pagodas asiáticas.

Imponentes cedros del Atlas, Cedrus atlantica, de unos cincuenta años, todavía relativamente jóvenes dada la longevidad de estas majestuosas pináceas norteafricanas.

Otro cedro del Atlas ya centenario, fotografiado en los Jardines de la Victoria de la ciudad andaluza de Córdoba. Este árbol en estado adulto, alcanzada una cierta altura, deja de crecer hacia arriba y su copa sólo crece en anchura.

Espectacular cedro del Himalaya, Cedrus deodara, fotografiado en los jardines de la Plaza de Murillo de Madrid.

 Magnífico cedro del Líbano, Cedrus libani, en los Jardines árabes de Alfabia, situados en el pueblo mallorquín de Buñola.
 
Altísimas Cryptomeria japonica asilvestradas en un claro de un bosque impenetrable de la Isla de Faial del Archipiélago de las Azores.

 Cryptomeria japonica "elegans", una variedad de jardín de pequeño porte y crecimiento lento. Sus hojas se vuelven intensamente rojo-marronáceas con el frio del invierno, recobrando poco a poco su color verde normal con los primeros calores de la primavera. Es su estrategia para sobrevivir a las bajas temperaturas. Las hojas y las yemas, estimuladas por el frío, sintetizan antocianos de color rojo-granate que absorben el calor de los rayos del sol y evitan así su congelación.

 Paradisíaca imagen de los maravillosos jardines tropicales del Parque del Loro de Tenerife con el Pico del Teide nevado al fondo a principios de mayo. A la izquierda destaca una altísima Araucaria excelsa, endémica de la Isla de Norfolk con sus ramas dispuestas en forma de pisos.


Joven Araucaria excelsa en la que se ve mejor la típica disposición en pisos de sus ramas. Cada piso equivale a un año de crecimiento.

Araucaria bidwillii de Australia, llamada árbol Bunya-Bunya, fotografiada en los jardines del Prado de San Sebastián de Sevilla.


Joven Araucaria araucana de Chile de unos 12 años, fotografiada en los jardines de Sa Granja en el municipio mallorquín de Esporles.

Ciprés de México, Cupressus benthami, fotografiado en el Jardín botánico de la Orotava.

Majestuosos cipreses mediterráneos, Cupressus sempervirens, embelleciendo los Palacios Nazaríes de la Alhambra de Granada.

Cipreses "mutilados" en el Jardín botánico de Funchal en la Isla de Madeira, vigilados de cerca por un magnífico ejemplar del helecho epifito Platycerium alcicorne, a la derecha de la imagen.


Picea pungens "glauca", con las acículas de un bellísimo color azul, fotografiada en los jardines de Sa Granja de Esporles.

Sabina centenaria, Juniperus phoenicea subsp. turbinata, en la maravillosa y amenazadísima playa de Es Trenc situada en la costa sur de Mallorca, único reducto costero sin destruir por la codicia humana.

Otra sabina centenaria, Juniperus phoenicea subsp. phoenicea, que se salvó milagrosamente del incendio intencionado que destruyó la maravillosa vegetación de Muleta, una montaña costera situada entre los municipios de Sóller y Deiá. Todavía ahora, después de 30 años, los politicos no tienen claro si deben proteger o no esta montaña de la amenaza de una urbanización salvaje. Noticia publicada en el Semanario Sóller de julio de 1983.

Enebro mediterráneo hembra, dos o tres veces centenario, el más grande que he visto en mi vida, Juniperus oxycedrus subsp. oxycedrus, que crece tranquilo y feliz en los bancales de la finca de Bálitx en el municipio mallorquín de Fornalutx.

Altísimos pinos marítimos, Pinus pinaster, en un bosque del Parque Ecológico do Funchal de la Isla de Madeira, fotografiados en el preciso momento del maravilloso fenómeno macaronésico de la lluvia horizontal, en el que la brisa marina cargada de humedad sube desde el mar a gran velocidad, pasa acariciando las copas de los árboles y arbustos y deja condensada en forma de rocío miles de toneladas de agua dulcísima.

Pino del Himalaya, Pinus wallichiana, formando parte de la exótica colección de coníferas del Jardin des Plantes de París.

Calocedrus decurrens de Norteamérica, fotografiado también en el Jardin des Plantes de París.